Ágora
Comunicación.
Por Javier Ortiz Amuriza
Diciembre de 2022.
Creo que el sentido del humor puede resultar de enorme utilidad en el intento de lograr una buena comunicación con otras personas. Creo que cuestionarse a uno mismo y hacerlo con cariño y sentido del humor, puede ser un buen principio. Para aderezar todo ello, ayudaría cultivar la sencillez, la humildad y las ganas de aprender. Se puede aprender de todo y de todas las personas. Humildad, asertividad y buena voluntad podrían constituir los ingredientes que hagan posible el entendimiento entre unas y otras personas por y para beneficio de todas ellas y del planeta.
A mis 52 años de edad, a punto de comenzar el año en el que cumpliré los 53, me voy dando cuenta del enorme valor que tiene contar con sentido del humor. Notablemente condicionado por la condición de mi salud, debo decir, no solo que el sentido del humor resulta para mí un apoyo equiparable al bastón que utilizo en mis desplazamientos y que me aporta seguridad y con ello una especie de descanso, sino también que, durante los 17 años que llevo tratando de adaptarme a mí actual condición física, me viene resultando de gran ayuda cultivar el sentido del humor.
Durante todo este tiempo, el sentido del humor me ha resultado de enorme ayuda. A lo largo de este periplo he ido dándome cuenta de que, sin duda, lo que me resulta más divertido es reírme de mismo. Lo cierto es que yo lo tengo fácil puesto que, como ya he mencionado en otros artículos, la falta de destreza física, la dificultad en mis movimientos y la torpeza en lo que a movilidad fina se refiere, lo que implica que voy por la vida tirándolo todo. Si meto las manos en los bolsillos para sacar, pongamos una llave, habitualmente me encuentro con que además del objeto pretendido arrastro con mi torpeza cualquier otra cosa que tenga en los bolsillos y que todo ello termine en el suelo, obligándome a realizar un esfuerzo extra para recogerlo todo y procurar no perder nada. Sí, un tesorito, pues como he comentado en otras ocasiones, mi desempeño en este sentido podría ser equiparable al que una persona normal podría realizar con unos guantes de esquiar puestos.
Entre algunos de los ejercicios que realizó en el intento de mejorar mi condición física y con ello me desempeño, se encuentra caminar. Al principio incluso sin bastón, pero cuando ya llevo un rato, usarlo me ayuda a prolongar el ejercicio. Al final del día, por el cansancio acumulado, se acentúan todas mis limitaciones.
Pues a lo que iba, en mis paseos y desplazamientos, tengo la costumbre de ir hablando conmigo mismo. Cantando, contándome chistes e incluso contándome a mí mismo la comicidad de mis constantes desatinos. Una costumbre que, aunque me desgasta, pues el silencio favorece no gastar energía, me ayuda a mantener el ánimo. Algo de enorme importancia.
También voy dándome cuenta de que el sentido del humor puede resultar de enorme utilidad en el intento de lograr una buena comunicación con otras personas. Sí, pienso que uno de los grandes obstáculos para el entendimiento en la sociedad actual es que la gran mayoría de las personas tendemos a creer o cuando menos a pensar, que tenemos la razón.
Seguramente gracias a la condición de mi salud, en mi caso, los constantes desatinos físicos me ayudan a darme cuenta de que «fallo más que una escopeta de feria». Pero no solo en lo físico, también me equivoco constantemente en mis pensamientos, juicios y prejuicios. De hecho, resulta paradójico darme cuenta de que últimamente, cuando más acierto es cuando me equivoco.
Aprender a reírme de todo ello, aprender a utilizarlo con la mayor ternura que puedo en cada momento para conmigo mismo y con todas las personas es ya para mí una experiencia. En el año 2006, cuando quien entonces era mi esposa, nuestra hija y yo nos mudamos a Valencia y su madre y yo nos separamos, al llegar la fiesta de los carnavales se me ocurrió disfrazarme de payaso y acudir así a recogerla al salir del colegio tal y como hacía cada día. La cara de mi hija cuando me vio y me reconoció al salir del colegio, una cara llena de sorpresa y alegría supuso para mí una inyección de energía que no sabría cómo describir.
Recuerdo que posteriormente en su cumpleaños, cuando cumplió los 5 años de edad, en la fiesta que organizamos en el jardín común el apartamento donde vivíamos, me presente vestido de payaso utilizando el disfraz que he comentado- Me di cuenta de que los críos cuando más se reían era cuando me tropezaba o metía la pata de una u otra manera. En la fiesta estuvo presente un buen amigo mío, Indra, a quién se le ocurrió bautizarme cómo Payaso Makflay. Pues sí, tuvo su gracia el muy socarrón.
Bueno voy a tratar de centrar mi discurso. En este artículo quiero hablar de las dificultades que considero obstaculizan una buena comunicación. Creo que cuestionarse a uno mismo y hacerlo con cariño y sentido del humor puede ser un buen principio. Recuerdo que, de niño en la escuela, cuando hablábamos de la comunicación nos enseñaban a distinguir entre emisor, mensaje y receptor. Pienso que procurar construir un mensaje claro y sincero es importante, pero insuficiente. Una tarea propia del emisor quién, de manera deseable, puede también tratar de actuar de receptor responsable en la interacción que se produzca con el receptor del mensaje original.
Hacerlo con empatía, con sensibilidad y tratando de comprender las circunstancias de cada persona. Intentando actuar con sensibilidad y fraternidad para lograr una buena comunicación. Creo que hoy en día, que en la sociedad actual esto es algo que hace mucha falta. Humildad, asertividad y buena voluntad podrían constituir los ingredientes que hicieran posible el entendimiento entre unas y otras personas por y para beneficio de todas ellas y del planeta.
Creo que también para aderezar todo ello, ayudaría cultivar la sencillez, la humildad y las ganas de aprender. Se puede aprender de todo y de todas las personas. Aunque creo que, desafortunadamente, hoy en día resulta habitual encontrarse con personas a las que les gusta más enseñar que aprender, aun así, quiero creer en la capacidad de autocorrección que tenemos todas las personas.
Creo que intentarlo es crucial para abrirse paso a través de la confusión que nuestra mente proyecta, sobre todo. Doblegar a la propia mente a la que yo llamo “la tonta del bote” y ponerle “cofia y delantal”, como decía el Padre Basili para ponerla al servicio de la cordura y la fraternidad. Hacerlo desde nuestro más íntimo niño o niña interior: por mí y por todos mis compañeros.
Creo que intentarlo para conquistar una verdadera relación de amistad con nuestra propia mente que nos permita cultivar la fraternidad y la comprensión sobre la base de un ego pequeño, perseverante y entregado a una verdadera comunicación, podría marcar la diferencia.
Para ello considero que cada quien debe mirar a su propio interior y afanarse en corregirse, comprender y rectificar en la búsqueda de una comunicación auténtica que posibilite una realidad mejor para todo y para todas las personas.
