Vulnerabilidad. No somos nada y no por ello peores. Nos necesitamos los unos a los otros y en esa interdependencia reside nuestra mayor potencialidad. Sentir miedo, sentirse vulnerable y necesitar ayuda forma parte de la vida. Si cultivamos la humildad la vida no dejará de sorprendernos.
Me doy cuenta de la vulnerabilidad de la vida. No somos nada, aunque no nos lo “pasemos a limpio”. Aunque vivamos como si fuéramos dioses, pasando por encima de todo y de todas las personas. Algo que los acontecimientos que se vienen sucediendo, a los que ya vengo haciendo alusión desde hace años, ponen de manifiesto.
El volcán de La palma continua activo. Quizás expresando su horror en nombre del planeta. La pandemia del COVID 19, se dispara de nuevo y los eventos naturales devastadores continúan en todo el planeta.
No quisiera resultar catastrofista, pero sí alzar mi voz de alarma en un intento de llamar la atención a todas las personas.
Personalmente quiero contar mi último viaje a Madrid en el que me reuní con mi hija Candela para visitar a mi padre, ya enfermo y de 91 años de edad. Candela vive y estudia en Sevilla. Yo paso parte del año en Acebo, Cáceres, donde el entorno y el clima me ayudan con mi estado de salud.
Así, paso más de una semana con los nervios que me acompañan antes de viajar pues las condiciones de mi salud hacen que resulte un verdadero reto para mí. La discapacidad y condiciones a que mi salud me tiene sometido desde hace años conllevan cierto grado de estrés en cuanto me salgo de mi rutina. Me afano en organizar todo para el viaje y coordinarme con mi hija quien, como estudiante y trabajadora tiene que organizarse para hacer posible una ausencia de cinco días. Finalmente, todo se resuelve y comienza nuestra “aventura”, cada cual desde su lugar de origen.
Yo parto en mi coche temprano tras desayunar y hacer un recado para mi hermano. Pongo el GPS en mi móvil e inicio el viaje. Todo va bien hasta que mis esfínteres descontrolados comienzan a estresarme. Dejo la autovía en busca de un lugar donde ocuparme de mis necesidades, pero me pierdo y hasta que recupero el buen camino, mi estrés se dispara. Nada grave, recupero el camino habiéndome retrasado tan sólo 10Km.
Candela viajaba en un coche compartido en compañía de una amiga que pasaba la primera noche con nosotros. Para ello, habíamos contratado previamente un apartamento pequeñito, un poco cutre, pero muy bien situado en pleno centro de Madrid cerca de la Plaza de Oriente, en Malasaña. Yo había contratado un parking para cinco días en la misma plaza.
Una media hora antes de llegar a Madrid, me doy cuenta de que mi móvil se queda sin batería. Con un coche de más de veinte años no tengo cargador de mechero, pues por lo visto he de cambiar el fusible. Me paro en una gasolinera, lleno el depósito de combustible y pido a las empleadas que me dejen cargar el móvil. Hablo por teléfono con mi hija y compruebo que vamos coordinados de horario, si soy capaz de cargar el móvil y contar con el GPS al entrar en Madrid. Me tomo un cafecito y hago tiempo hasta obtener una carga suficiente. Las empleadas, muy amables me dan un móvil y me sugieren que escriba un Whatsup a sus supervisores, Lo hago allí mismo y se lo enseño, dice: Hola, quiero dar las gracias a Alia y Angeles de la gasolinera de Móstoles Izquierdo por lo bien que me han atendido en un momento crítico para mí, pues tengo una discapacidad del 39% y Movilidad Reducida. Gracias de corazón. Quedan muy satisfechas y yo muy agradecido. Me despido con carga suficiente para llegar a destino.
Al llegar a Madrid, recoger a Candela y su amiga y dejar el coche en el parking que había contratado, estando todos a salvo, me siento profundamente agradecido a Dios, a la vida y a todas las personas de bien.
Pasamos unos días de ensueño. El jueves vemos el musical de la vida de Tina Turner. El viernes paseamos por el centro, pasamos un rato con mi padre y su mujer y tuve la oportunidad de abrazar a mi padre y decirle cuánto le quiero. Al día siguiente volvimos a estar con él pues mi hermana María estaba también con sus hijos en la ciudad y aunque nos habíamos dividido para no abrumar a mi padre, Candela y yo volvimos al final de su encuentro con mi padre, para entregarle jamón y lomo que mi hermano me había encargado que le llevara, habiéndolo olvidado el día anterior.
Después de eso, el jueves mi hermana María nos invitó a una maravillosa comida en la que pasamos un rato muy agradable y pudimos “echar unas risas” con mis sobrinos, a quienes adoro.
Durante todo el viaje pude compartir con mi hija y darme cuenta de la maravillosa mujer en la que se está convirtiendo. Compruebo cómo la confianza que siempre hemos tenido no se ha deteriorado durante los años que hemos vivido en distintas ciudades, al revés, nuestra confianza y capacidad de compartir está más fuerte que nunca.
