/Javier Ortiz Amuriza

19. El puñito

Indignación ante una sociedad enferma superada por su propia tecnología con una mayoría insensible al dolor ajeno, más volcada en la crítica que en la introspección y en la autosuperación. La necesidad de personas auténticas e intrépidas para abordar los retos de la humanidad en el Siglo XXI.

 

El puñito. He escogido este título, haciendo mía la sugerencia de un Gran Amigo con quien comparto anhelos, temores e inquietudes. Él, en un ámbito diferente, aunque no ajeno, lo define como Yomemíconmigolomío.

En este caso me refiero a que me siento profundamente indignado, por la ausencia de empatía generalizada que se disfraza de múltiples maneras, en una sociedad enferma de egoísmo y de ausencia de auténtica sensibilidad. Una sociedad más volcados en aparentar que en ser, en acaparar que en compartir. Una sociedad más centrada en el futuro inmediato que en aprender del pasado para construir un futuro mejor.

No pretendo generalizar, pues gracias a Dios siempre hay excepciones que confirman la regla, pero es habitual encontrase con actitudes y comportamientos cuestionables. Desde el “ande yo caliente ríase la gente” hasta el “a mí, que me persigan…”. Comportamientos más propios de un niño malcriado, enfermo de hedonismo y de egoísmo ciego, que de una sociedad heredera de grandes desatinos de los que se podría aprender.

Se olvidan errores pasados como la esclavitud, el colonialismo, la desigualdad y el abuso generalizado. No debemos olvidar que son cosas de antes de ayer. El Colonialismo y la esclavitud siguieron vigentes hasta la segunda mitad del Siglo XX. Sí, sí el Siglo pasado, antes de ayer.

Hoy en día, en pleno Siglo XXI no sólo está aumentando la desigualdad, sino que existe de manera extendida el abuso en sus distintas manifestaciones. Abuso de género, abuso de poder y la discriminación. Abusos por doquier, “simplemente porque puedo”. Creo que está más que extendido el “mirar para otro lado”, en una actitud de las personas que sostiene todo ello, sea de manera consciente o inconsciente, circunstancias que en ningún caso eximen de responsabilidad.

Tras terminar mi Licenciatura en Derecho que curse en Madrid a pesar de ser de Bilbao, me matricule en los cursos de Doctorado en la Universidad de Deusto. Lo hice con el ánimo de no perder el hábito de estudio, pues por distintas circunstancias, tuve que incorporarme y asumir responsabilidades en la empresa de mi familia.

Como decía, curse distintos estudios que te daban créditos para obtener la suficiencia investigadora de cara a una Tesis Doctoral. Nunca llegué a desarrollar tesis alguna, no era esa mi intención, pero sí aproveché para aprender derecho foral y aspectos del cooperativismo.

Recuerdo un seminario repleto de recién licenciados y licenciadas que se estructuraba entorno al siguiente debate: El Derecho y el porqué del Derecho. Allí todos se volcaban en hacer gala de la importancia del Derecho, echándose flores los unos a los otros, incluidas las mujeres, algo que me sorprendió. Yo, atónito, tras escuchar los distintos argumentos, pedí la palabra y en un alarde de valentía o inconsciencia manifesté: “Considero que el Derecho es la excusa que se inventaron unos pocos para perpetuarse siendo unos pocos”, pues siempre he pensado que hay maneras más sencillas y accesibles para regular la convivencia entre las personas. La reacción fue inmediata, abucheos generalizados, por poco me linchan. Sin embargo, me llamó la atención comprobar posteriormente que el Catedrático que presidía el debate, un Jesuita de avanzada edad siempre me saludaba por mi nombre cuando coincidíamos por el claustro. Quizás entre la valentía o inconsciencia de mis actos pudiera haber habido algo de intrepidez.

Sea como fuere, creo sinceramente que el mundo de hoy necesita personas intrépidas capaces de denunciar, obstaculizar y proponer alternativas para hacer frente a las numerosas atrocidades que se cometen constantemente aún en el mundo del Siglo XXI, a nivel político, institucional, profesional y personal. Todo ello para abrir un espacio a una cordura incondicional que, con la ayuda de Dios, sirva para crear un futuro digno.

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