/Javier Ortiz Amuriza

106. Lidiando con las dichosas horas bajas.

Por Javier Ortiz Amuriza

Agosto de 2024

 

 

Dolor, frustración, momentos difíciles y el reto de desarrollar la capacidad para desconfiar del pensamiento propio abriendo un espacio para vivir de una manera digna que permita cultivar la esperanza, la paz y la prosperidad.

En muchos artículos anteriores he hablado de mi percepción personal de diferentes aspectos del mundo y de la sociedad occidental Lo vengo haciendo, como no puede ser de otra manera, desde una visión personal que en mi caso está mediatizada, no sé si es la palabra más adecuada, por la condición de mi salud.

Soy consciente de que vengo opinando sobre muchos asuntos bien diferentes y aunque con ello no pretendo nada, si lo hago como un ejercicio de expresión personal que me ayude a lidiar con la vida. Como suelo decir, no soy más que un pobre hombre confinado en un cuerpo asediado por la Esclerosis Múltiple. Dolor permanente en todo el cuerpo, cansancio crónico y sentido del equilibrio dañado, camino con la ayuda de un bastón y es un espectáculo verme en mis desplazamientos. Calambres constantes por todo el cuerpo y latigazos ocasionales que me hacen sentir una profunda vulnerabilidad. Soy como un viejecito. Me agota y aturulla el ruido, la multitud y siempre estoy cansado. Todos estos síntomas me hacen vivir en un profundo estrés permanente. Sin embargo, procuro sonreír, soy un hombre feliz y nunca he dejado de serlo.

Como también he explicado en otras ocasiones el ser una persona de cincuenta y cuatro años de edad que padece esclerosis múltiples desde los 35, me da una perspectiva diferente de las cosas. Se trata de una enfermedad que viene acompañada de constantes frustraciones de manera permanente. Una y otra vez y vuelta a empezar. Vengo cultivando la habilidad de zafarme de ellas y escapar de la infelicidad a la que las mismas podrían abocarme. No es fácil y no siempre lo consigo.

Sistemáticamente hay momentos de bajón, horas bajas que como digo llegan inexorable y sistemáticamente. Se trata de momentos en los que siento que todo está perdido, momentos en que mis temores se multiplican, en los que el derrotismo parece instalarse de un modo definitivo. Miedo a la dependencia física, miedo a la dependencia económica, miedo a no encontrar nunca más una compañera a la que poder amar, miedo a quedarme cautivo de una mente disparada y fuera de control, prisionero de un cuerpo que me traiciona de modo sistemático y me asedia con dolor y frustración.

Creo sinceramente que zafarse de los pensamientos propios, sobre todo cuando son así de negativos, es la clave para alcanzar la felicidad. Y creo sinceramente que esto es así, no solo para mí por la condición de mi salud sino para todas las personas.

En mi caso quizás por la condición de mi salud llevo años viviendo en un campo abonado para el aprendizaje en este sentido. Lo que voy aprendiendo de estos bajones sistemáticos es a desconfiar de mi propia mente, de mis propios pensamientos y dejar que pasen. Me digo a mí mismo: pasará, tranquilo, pasará y ruego a la vida que me conceda Luz y Fuerza para saber esperar sin precipitarme.

En esos momentos me embarga una sensación de sentirme abandonado, de sentirme ninguneado que no siempre es real. Haber llegado a este tipo de conclusiones por experiencia propia, en primera persona, me permite darme cuenta de cómo en la sociedad occidental el capricho está normalizado. Nos quejamos de vicio sin ofrecer la más mínima capacidad de aceptar la frustración, sin ofrecer la más mínima apertura para la esperanza, para que las cosas sean de otra manera.

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